El Mundo

La historia del ‘vino del desierto’ que abunda en Atacama – Al Día cr

Por Alberto Peña

Chile es el mayor productor de vino en América Latina y el quinto del mundo, pero sus grandes viñedos descansan al sur de Santiago, donde las condiciones climáticas son excepcionales para su crecimiento.

Contra todo pronóstico, sin embargo, la tribu Tamarugal no sólo sobrevive en el desierto, sino que prospera en medio de la absoluta nada.

«Al principio me resultó difícil porque es un lugar vacío, no hay nada», explica el enólogo Celestino Cruz sobre su viñedo Tamarugal en las afueras de la localidad de La Huayca, unos 1.770 kilómetros al norte de la capital.

Hace un año plantó sus primeros brotes y cada día los revisa uno a uno, los guía y los poda para favorecer su crecimiento, hasta completar la hectárea de terreno que yace bajo el duro sol.

Aún no produce uva, pero Cruz es estricta con el cuidado del viñedo. «Yo riego (goteo) todos los días durante una hora, porque esa es la capacidad» del pozo de 50 metros de profundidad, dice Cruz, que extrae aguas ancestrales de más de 9.000 años del acuífero bajo la Pampa del Tamarugal.

Es una de las zonas más secas del mundo. Las nubes de las lluvias invernales en el altiplano boliviano inundan el horizonte, pero no llegan ni se esperan en el viñedo de Cruz.

El acuífero se recarga con ellos, lo que aumenta la superficie un oasis natural. Un punto verde en medio del desierto ocre y salvaje.

«El vino del desierto»

Es por estas condiciones extremas que la existencia de viñedos en el desierto se vuelve más improbable. Y Cruz no es el único, varios viticultores asociados han elegido la variedad Tamarugal por su resistencia a clima inhóspito.

Porque la tribu sobrevivió al aire libre durante casi un siglo, sin cuidados, hasta que la académica de la Universidad Arturo Prat, Ingrid Poblete, la encontró en 2003 durante una búsqueda de plantas antiguas en la zona con la idea de hacer un inventario. Encontró cinco especies de enredaderas.

“Son plantas espectaculares desde el punto de vista de la adaptabilidad. Esta condición de estar sometidas durante tanto tiempo a condiciones tan adversas ha hecho que tengan este mecanismo de defensa y adaptación”, afirma Poblete.

Tras comparar la genética de estos viñedos con las bases de datos internacionales de vinos de España y Franciauno permaneció sin identificar, así lo llamó. Y renació como la variedad Tamarugal, «el vino del desierto».

Además, es la primera variedad de vino 100% chilena, con genética única para vitivinicultura en climas extremos.

«Alternativa al cambio climático»

Porque en la Pampa del Tamarugal la temperatura puede llegar a casi 40 grados centígrados durante el día con prácticamente un 0% de humedad, pero por la noche baja a -8 grados centígrados con una humedad superior al 80%.

Una amplitud de temperatura y humedad tan grande que destruye cualquier vegetación que intente sobrevivir en este lugar.

Pero el Tamarugal, así como algunos algarrobos y tamarugos, y varias especies de cítricos, sí lo lograron. Y visten de verde este oasis entre los pueblos de La Tirana, La Huayca, Pica y Matina.

«Creemos que en algún momento mutó, ante estas condiciones tan adversas, (la tribu Tamarugal) se convirtió en otra cosa que pasó a ser una tribu excluyente», dice Poblete.

Además del clima, el suelo es salado – prosiguió el agrónomo – con un alto contenido de boro.

«Se trata de una alternativa al cambio climático», afirma el científico.

«No tenemos el efecto del cambio climático en ese sentido, al contrario. Siempre hemos estado en un estado bastante caluroso y desértico, el más extremo que existe. Por lo tanto, representa una alternativa como actividad productiva», añade.

Poblete insiste en que la cepa Tamarugal es «material genético muy importante» para la viticultura mundial porque «es una opción real que permite cultivar en estas condiciones extremas el desierto más árido del mundo».

El desierto en una copa de vino.

Los primeros viñedos en el lugar datan de la llegada de los españoles en 1517, cuando era virrey de Perúcon la necesidad de producir vino para las masas. La actividad vitivinícola se desarrolla desde hace cuatro siglos.

Hasta principios del siglo XX, siendo ya el Estado de ChileSe expropiaron los derechos de aguas subterráneas para abastecer a la ciudad de Iquique, en la costa, y su puerto comercial a través de kilómetros de ductos.

La industria desapareció y durante casi 100 años las viñas quedaron abandonadas a su suerte en el devastador desierto.

Pero tras redescubrirlos en los primeros años del siglo XXI, Poblete y otros investigadores de la Universidad Arturo Prat se aventuraron a desarrollar un modelo productivo en la Estación Experimental de la localidad de Canchones, en la misma zona.

La primera cosecha de Tamarugal fue en 2007 y desde entonces las cepas han resistido con fuerza y ​​han producido una media de 20 kilos de uva por cepa y más de dos metros de altura.

También consiguieron extender el modelo de negocio a viticultores asociados, a quienes suministran portainjertos con ejemplares criados en condiciones controladas para luego ser plantados en el desierto.

Y así consiguieron la singularidad de este vino.

«Tenemos alta radiación lumínica, baja humedad relativa, bajo contenido de humedad en el suelo, bajos nutrientes en el suelo, alto contenido de sal», dice el agrónomo Marcelo Lanino, quien participa en el proyecto.

«Y esto se expresa en el vino», subraya.

Un vino blanco, con un toque mineral y salado, con aromas frutales «fuertes e intensos», sobre todo «cítricos», añade Lanino.

Características que le han llevado a conseguir reconocimiento internacional, como la medalla de oro en los Catad’ Or Wine Awards o una alta puntuación en la Guía Alistair Cooper MW.

“El concepto es un vino generado en el desierto más árido del mundo, en la región de Tarapacá. Seguimos alejándonos de lo normal con un tipo diferente. No entregamos solo un vino, sino una experiencia de consumir algo diferente”, concluye Lanino.