Hemos llegado a diciembre y con él empiezan las luces navideñas y también una carrera silenciosa que se repite cada año. A medida que se acumulan las cenas de empresa, las reuniones de amigos y las reuniones familiares, miles de personas inician lo que podríamos llamar “el sprint final”: adelgazar rápidamente antes de sentarse a la mesa para pasar la Navidad.
Pero detrás de esto sprint Hay un fenómeno mucho más complejo. Uno que tiene raíces sociales, emocionales y biológicas y esconde un efecto perverso. Las dietas exprés enseñan al organismo a conservar la energía de forma más eficiente, lo que finalmente nos lleva a recuperar energía tras una rápida pérdida de peso, y en ocasiones incluso más.
El sprint previo a Navidad. Cada diciembre se activa un reflejo casi automático: la sensación de tener que “llegar sano y salvo” a las vacaciones. La psicóloga Sara Bolo, especializada en trastornos alimentarios (TA), Nos lo explicó en que este fenómeno no es una coincidencia, sino un patrón que se repite año tras año. «La Navidad es una época especial en la que volvemos a ver a familiares o amigos que no vemos todos los días. Y con ello, vuelven a aparecer los comentarios sobre el cuerpo: ‘Te miro más delgada’, ‘Has engordado’…» Esta dinámica cotidiana y nociva multiplica la presión estética y transforma la convivencia en un interrogatorio silencioso del cuerpo.
En este contexto hay otro ingrediente: los propósitos incumplidos. “Se nos ocurrió la idea en diciembre Año nuevo, nuevo yo «Lo anunciamos en enero», dice Bolo, «y la urgencia parece demostrar que hemos logrado algo». Esta mezcla de exigencias personales y cierre de ciclo obliga a muchas personas a tomar decisiones drásticas en muy poco tiempo.
Otro factor. Y no sólo hay presión estética o frustración, sino también anticipación. Bolo dice que es común que algunas personas restrinjan su dieta en las semanas previas porque creen que les permitirá «compensar» las comidas navideñas con anticipación. «Se convierte en una preparación defensiva. No quiero que me digan nada, no quiero sentirme culpable, así que empiezo a restringirme de antemano», explica.
Esta urgencia es exactamente lo que observa la nutricionista Laura Jorge: Responsable de los centros que llevan su nombre. Desde su consulta, diciembre siempre ha tenido el mismo perfil, más solicitudes de “soluciones rápidas”, más promesas de pérdida de peso rápida y más ansiedad. «Cada año vemos un aumento de personas que quieren perder X kilos ‘antes de las vacaciones’. Es un patrón muy claro», nos dijo en una entrevista. Se repiten tres elementos: urgencia, culpa y pensamiento dicotómico –“Ahora me limito y en Navidad como”–. lo que comienza como sprintAmbos expertos coinciden en que se trata más que nada de una trampa emocional y metabólica.
El enemigo oculto. La ciencia lo explica sin rodeos: cuando sometemos al cuerpo a una restricción calórica extrema y repentina, el cuerpo activa mecanismos de supervivencia, no de pérdida de peso. Como explica Jorge, el metabolismo se ralentiza, aumenta el hambre, disminuye la saciedad y el cuerpo empieza a utilizar la masa muscular como fuente de energía. Esto no sólo hace que la pérdida de peso sea más difícil de mantener, sino que también reduce la tasa metabólica basal, lo que nos facilita ganar peso más adelante.
La investigación científica respalda estas observaciones. un estudio sobre Revista de medicina de Nueva Inglaterra demostró queDespués de perder peso, la leptina (la hormona de la saciedad) todavía estaba baja y la grelina (la hormona del hambre) todavía estaba elevada 12 meses después, a pesar de que la persona ya había recuperado algunos de sus hábitos alimentarios. Los autores concluyen que estas adaptaciones “crean un entorno fisiológico que favorece la recuperación de lo perdido”. Además, hay que tener en cuenta el factor genético. Un estudio de 2024 publicado en Revista Internacional de Obesidad señala que no todo el mundo reacciona de la misma manera; Algunas personas desarrollan un mayor riesgo de resistencia a la insulina u obesidad visceral después de ciclos repetidos.
el otro lado. Perder peso rápidamente tiene un impacto emocional inmediato y hace que parezca un éxito. “Te subes a la báscula, ves menos kilos y enseguida sientes euforia”, admite Sara Bolo. Pero es un espejismo.
Cuando el peso vuelve -como suele ocurrir- se produce un colapso emocional: culpa, frustración, vergüenza, pensamientos absolutos («Soy un fracaso», «No tengo fuerza de voluntad»). Además, el entorno refuerza esta dinámica al elogiar la delgadez y censurar las ganancias, incluso por comentarios “inocentes”. Este ir y venir empeora la autoestima y fomenta un comportamiento restrictivo que no resuelve el problema sino que sólo lo refuerza.
Una puerta que no debería abrirse. «La alimentación restrictiva es el primer paso de cualquier trastorno alimentario», dice. El Psicólogo Un control rígido, un conteo compulsivo de calorías, evitar las comidas sociales o clasificar los alimentos como buenos o malos son los primeros signos. Y la Navidad es uno de los momentos en los que más claramente se manifiestan.
Laura Jorge coincide: «En estas semanas vemos que la gente empieza a hablar compulsivamente de compensar, saltarse comidas o hacer ejercicio compulsivamente. Son señales que no se deben ignorar». La combinación de presión estética, abundancia de estímulos y comentarios puede desencadenar una disfunción eréctil latente o empeorar una ya existente.
Si el comentario es «inocente», no lo es. La responsabilidad social es obvia. Los expertos recuerdan comentarios tan comunes como:
- «Ups, ¿te estás repitiendo?»
- «Eso es bueno, estás más delgada».
- “Después de estas comidas, mañana haz dieta”.
Detrás de todas estas frases se esconde una risa fina, que para muchos suena a rugido. Y como dicen los expertos, no sólo son innecesarios, sino potencialmente dañinos. “Hay que prestar atención a tu lenguaje”, resume la nutricionista. «No felicites a las personas por perder peso, no hagas comentarios sobre su propio cuerpo o el de otras personas, no los presiones para que coman o dejen de comer». La impresión estética suele comenzar con un comentario aparentemente inofensivo.
Entonces ¿cómo podemos acompañar? Para quienes viven la cena de Navidad con miedo a perder el control, la clave no está en el plato, sino en el entorno. Psicóloga Sara Bolo insiste en que acompañe No significa proteger, sino proporcionar un espacio seguro. Su consejo es centrarse en lo emocional, no en la comida. Esto significa evitar miradas fijas o comentarios sobre lo que come la persona, preguntarle cómo se siente y estar disponible sin presiones. También ayuda evitar conversaciones sobre dietas, compensaciones o cuerpos y, si es posible, servir la comida en platos individuales para reducir la ansiedad que puede provocar la plenitud visual propia de estas fechas. Y recuerda un matiz fundamental: “Dos comidas concretas no cambian un cuerpo, pero sí pueden cambiar un estado emocional”.
De Nutrición, Laura Jorge sugiere estrategias prácticas para reducir el riesgo de atracones. La primera es no presentarse a eventos con mucha hambre y mantener horarios de comida relativamente estables para evitar caer en un círculo vicioso de abstinencia y comer en exceso. También se recomienda comer alimentos saciantes a lo largo del día, evitar el ejercicio físico como castigo y abandonar la mentalidad de “todo o nada”, una de las principales causas de los trastornos alimentarios en estas épocas.
el verdadero sprint ¿Qué importa? Las dietas milagrosas prometen resultados visibles en un tiempo récord, pero lo que no revelan es su costo oculto: enseñan al cuerpo a resistir, no a cambiar. Te hacen sentir más hambriento, capaz de almacenar grasa de manera más eficiente, más propenso a ganar peso y más cansado emocionalmente.
Tal vez el verdadero sprint No para llegar delgados a Navidad, sino para construir un ambiente más compasivo y un trato más amable con la comida y el cuerpo. Porque en última instancia el milagro no está en las dietas, sino en abandonar la lógica que las subyace.
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