



El expediente contra Julio Alberto Gómez Pérez, alias «Gordo Julio», expone una red de narcotráfico en Cartago, basada en puntos de venta cercanos, búnkeres conectados, vigilancia constante y una división de funciones que sustentaba el negocio a nivel barrial.
El caso 24-002326-0058-PE, tramitado en la Fiscalía Adjunta Especializada en Delincuencia Organizada por narcotráfico, incluye informes policiales, solicitudes judiciales, aperturas telefónicas, vigilancias, allanamientos y análisis posteriores que intentan unificar varios expedientes previos bajo una misma hipótesis de existencia de una organización en el proyecto y la organización Jimén: la existencia de una organización base de operaciones para la venta de drogas.
Una carta del OIJ de agosto de 2024 ya resumía claramente esta tesis. A la Fiscalía se reportó información sobre “una organización criminal que vende y distribuye droga en el sector de Cartago, en el proyecto Manuel de Jesús Jiménez y otros lugares”, presuntamente liderada por Julio Gómez Pérez, junto a Jehison González Pérez y Kendall Cartin Vega, entre otros. El mismo documento vincula la investigación principal con otras causas denominadas «Casino», «Corner», «Llanero» y «Vegas».
Pero lo más revelador del expediente no está sólo en esa premisa inicial. Está en los detalles. En cómo la investigación describe la vida práctica del tráfico de drogas: quién vigila, quién vende, quién recoge el dinero, quién entra, quién espera afuera, qué casa se utiliza para vender y cuál se utiliza para almacenar o mover dinero. En otras palabras: no sólo quién está a cargo, sino cómo se gestiona un pequeño territorio, calle por calle, puerta por puerta.
Una red de casas, ni un solo punto
La lógica que aparece en el archivo es la de una red. Al menos dos puntos de venta activos, el llamado «búnker de esquina» y la casa P-6, más una casa de apoyo, están descritos en los informes de vigilancia como una casa naranja de dos pisos, que funcionaría como «lugar de reunión, refugio y punto de coordinación interna separado del punto de venta». Esa separación física entre vender y ahorrar dinero o coordinar movimientos es una de las claves del asunto.
Un informe de investigación de agosto de 2025 resumió directamente esta arquitectura criminal: «la organización criminal opera en red, con al menos dos puntos de venta activos, una casa segura (la casa naranja), un sistema de transporte de dinero administrado por personas con antecedentes penales, y una estructura interna compuesta por vendedores, botones y asociados que incluso se desplazan en bicicletas». Agrega el documento que Julio Gómez Pérez y su hermano Jehison González Pérez «lideran la operación de microcomercio».
Ese mismo informe explica que la vigilancia de los días 14 y 15 de julio de 2025 permitió observar «un flujo constante de personas», consumidores que permanecían algunos minutos en el lugar, movimientos entre un búnker y otro, y una diferencia funcional entre accesos, personas y roles. No se trataba, según la tesis policial, de un único sitio improvisado, sino de una estructura con funciones distribuidas.
Las microáreas
En estos informes, el OIJ insiste en un patrón: el búnker de la esquina estaba ubicado 300 metros al norte de la delegación del Poder Público, y desde allí se atendía a los compradores «desde adentro, sin entrar», en lo que los investigadores califican como una «dinámica de narcotráfico». El punto de venta está integrado en el barrio y opera con rapidez, con rotación y con bajo tiempo de exposición al comprador.
P-6, a su vez, aparece en el expediente como un nodo más de esa red. En 2022 ya fue allanado dentro del caso “Casino”, y acciones posteriores continuaron mostrándolo como un relevante punto de venta y coordinación. En un informe posterior, los investigadores concluyeron que la vigilancia reveló la existencia de una estructura bien organizada, donde cada persona conoce su papel, ya sea atendiendo a los compradores, monitoreando la zona o velando por la custodia y movimiento del dinero generado por la venta de drogas.
Aquí es donde el caso se vuelve más explicativo que la policía. Porque el expediente no describe una presencia uniforme del poder criminal en todo un distrito. Describe pequeñas áreas dominadas que están interconectadas. Un sistema de puntos de venta cercanos, conectados mediante recorridos cortos, bicicletas, accesos diferenciados y viviendas auxiliares. Ésta es una lógica de los microterritorios: control fragmentado pero coordinado.
Campanas, porteros y vendedores
El archivo también contiene una sección de funciones que admiten esa red. Un informe del OIJ señala que «se identificaron roles definidos dentro de la estructura criminal: guardias de seguridad en la vía pública, porteros que decidían quién ingresaba y personas que se movían de un punto a otro». Agrega que esta dinámica coincide con lo encontrado en escuchas telefónicas, donde aparecen como “principales organizadores” “Gordo Julio” y su hermano Jehison, alias “Banano”. Según el mismo texto, «ambos evitan exponerse directamente en los puntos de venta y delegan estas tareas en asociados de confianza».
Este hallazgo es central. Si la tesis del expediente es correcta, el control no dependía de que los dirigentes vendieran siempre o estuvieran visibles en el búnker. Más bien, dependía de su capacidad para gestionar roles. A algunos les importó. Otros filtraron los ingresos. Otros hicieron entregas. Otros recaudaron dinero. Y otros sirvieron de puente entre un punto y otro.
Los documentos señalan, por ejemplo, que en el búnker de la esquina se observó a guardias atentos al entorno, mientras que en el P-6 se detectaron personas que asumían funciones de alerta y enlace. El uso de la bicicleta también ha sido documentado como un medio repetitivo de desplazamiento entre sitios, reforzando la idea de un circuito vecinal corto diseñado para operar sin largos recorridos ni exposición prolongada.
la casa naranja
Uno de los hallazgos más importantes del expediente es el papel de la casa naranja de dos pisos. En los informes de vigilancia de julio de 2025, ese inmueble ganó protagonismo como pieza logística. Los agentes observaron movimientos entre el búnker y esta casa, así como traslados de bolsos y dinero. La tesis policial es que se utilizaba para separar la venta ambulante del manejo de efectivo.
La documentación indica que alrededor de las 09:50 horas del 15 de julio, un hombre salió varias veces de la casa con bolsas oscuras. Tras detectar presencia policial, intentó huir en una Nissan Tiida color dorado y fue detenido tras un choque en La Pitahaya. El expediente identifica a ese hombre como Rudy Jesús Sánchez y señala que en el vehículo se encontraron bolsas con monedas, lo que para los investigadores era evidencia directa del cobro de ganancias por la venta de drogas.
El caso va un paso más allá: sostiene que Sánchez Serrano ya no participó directamente en la venta, sino que «ahora cumple funciones de recaudación del dinero derivado de las ventas». Ese papel, si se demuestra ante los tribunales, corresponde a una organización que ya no se limita al intercambio de dosis en la calle, sino que separa la fase visible del negocio de la fase financiera y de seguridad.
- Julio Campos alias «Gordo Julio» fue detenido el 26 de marzo.
- Se presentó una mujer de nombre Pérez, identificada como madre de Gordo Julio e integrante de la red criminal.
Chats y control remoto
Las llamadas telefónicas registradas en el expediente nos permiten mirar otra dimensión del caso: el lenguaje operativo. Por sí solos no prueban toda la tesis fiscal, pero se utilizan como insumos para reconstruir relaciones, jerarquías y tareas.
En una conversación citada por el OIJ, atribuida al «Gordo Julio» y Kevin Meneses, aparece una frase que los investigadores relacionan con el estado de preparación de las dosis de crack: «¿Papá qué? Cómo está el bicho… envíame la foto». Luego otro mensaje atribuido a Julio dice: «Tío, ahí está el bicho, ahí está el bicho, no se ha apagado ni una sola vez». El informe interpreta estos intercambios como parte del control sobre la preparación de dosis en el búnker de incursión.
En otro fragmento, Kendall Cartin Vega se queja con un vendedor por la contabilidad y la suma de “medio gramo de crack”, y en otra conversación se registra la frase: “Bastardo, dejé todo ahí con bolsas y papeles papi”, que el OIJ utiliza para afirmar que hubo entrega de insumos para preparar dosis. También se documentan reclamaciones por dinero faltante e informes de ganancias. No se trata de conversaciones casuales: en el expediente aparecen como piezas de la gestión diaria del punto de venta.
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La estructura del búnker.
El expediente también describe la materialidad del narcotráfico. En el caso “Casino”, un allanamiento realizado el 2 de noviembre de 2022 en P-6 arrojó, entre otros decomisos, un revólver calibre 38 con municiones, ¢128.000 en billetes, más dinero en monedas, teléfonos y otras evidencias. Además, fueron fotografiados dos chalecos antibalas de color negro con la leyenda OIJ y herramientas asociadas a la actividad investigada.
En actuaciones posteriores, el OIJ describió otro búnker con “siete cuartos en su interior y dos accesos”, uno al lado norte y otro al oeste, este último utilizado por los consumidores. Los agentes incluso dispusieron la distribución de zonas y un punto de acceso a través de un hueco en la pared de madera para la atención de los compradores. Más que una casa cualquiera, el expediente pinta una infraestructura adaptada para vender, filtrar y percibir.
Otra dimensión del expediente es la que vincula propiedades, vínculos familiares y actos registrales. Un informe incluido en el caso sostiene que la relación entre los investigados y la casa P-6 surge «no sólo» de información policial o de inteligencia, «sino de los actos registrales de transferencia de propiedad de la casa» y del nombramiento de Julio Alberto Gómez Pérez como representante general sin limitación de suma dentro de una empresa vinculada a la propiedad. El texto sugiere que esta vía podría haber servido para distanciar formalmente a los investigados del inmueble sin romper el control funcional sobre el mismo.
En otro apartado, el expediente atribuye a la casa de Ana Katerina Pérez, madre de Julio Gómez Pérez, una función que va más allá del ámbito familiar. Allí se habrían recibido dinero, materiales y pedidos relacionados con la operación. Un informe señala que el inmueble figura como un “centro de recepción, acopio, almacenamiento y redistribución”. Este es un dato delicado y debe leerse como parte de la hipótesis tributaria, no como un hecho judicialmente probado.

